Fuente: consumar (16 de diciembre de 2009) Por MARTA CHAVARRÍAS
El interior del tomate está protegido por una capa cuyo espesor apenas alcanza unas pocas micras: la cutícula. Esta protección vegetal es una garantía para que el medio externo no amenace a las propiedades del fruto ni se pierdan nutrientes internos. Pero además, de ella depende que puedan comercializarse, ya que un tomate agrietado queda fuera del mercado. Un alimento en buen estado no sólo tiene una imagen adecuada, sino que mantiene un nivel de calidad y propiedades organolépticas como el sabor o el aroma, pero el aspecto es fundamental.
Las GRIETAS son enemigas de los alimentos. ¿Pero qué provoca su aparición?, ¿hay variedades más susceptibles?, ¿son todas las pieles iguales?
Además de factores externos como la temperatura o la humedad, la propia naturaleza de la cutícula se relaciona con la detección de alimentos agrietados.
Aspectos como el grosor, la densidad y la consistencia explican, en buena parte, el hecho de que ciertas especies vegetales sean más susceptibles que otras a alteraciones.
Las características genéticas de la cutícula ayudarían a desarrollar especies más resistentes al agrietado
Encontrar el equilibrio entre las condiciones externas, como la temperatura ambiental, e internas, como la presencia de agua o de azúcar, ayuda a prevenir la aparición de GRIETAS. También podría ser útil conocer con más exactitud el funcionamiento de la cutícula para favorecer el crecimiento de especies resistentes al agrietado, según una investigación realizada por expertos de la Universidad de Málaga.
Este conocimiento pasa por caracterizar los genes responsables de la formación de la cutícula y cuáles están más implicados en la aparición de GRIETAS. Una vez aislados, se apuesta por el «cruce de variedades» que permita el desarrollo de una que aglutine el «sabor, el tamaño, la resistencia y la estética adecuadas».
Con la unión de estas características, se busca reducir la formación de GRIETAS y, en consecuencia, las pérdidas asociadas, tanto económicas como de producción.
Un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) asegura que la apariencia es la «primera impresión que percibe el consumidor» y, por tanto, el factor que más influye en la decisión para realizar la compra. Se tienen en cuenta la forma, el color, la madurez o el tamaño. Los defectos, como malformaciones, no siempre son sinónimo de ausencia de cualidades comestibles, sino que en la mayoría de los casos están relacionadas con condiciones como el clima, el riego, el suelo o la fertilización. Se distinguen de los problemas físicos causados durante el proceso de preparación, ya que pueden aparecer «heridas» que constituyen la puerta de entrada de posibles patógenos.
El pasado mes de julio, la Comisión Europea aprobó una normativa que permite la comercialización de alimentos con defectos, excepto los productos con alteraciones, como podredumbre, que impidan el consumo. La norma es aplicable a puerros, calabacines, pepinos, zanahorias, espárragos, cebollas, melones, sandías o ajos. Para otros como manzanas, cítricos, melocotones o peras, se contempla la norma de calidad que obliga a que mantengan una forma y un peso específicos.
ASPECTOS PARA UNA SELECCIÓN DE CALIDAD
La apariencia influye en el momento de comprar alimentos como verduras, hortalizas o frutas. Reconocer algunos aspectos ayuda a que la selección sea más precisa y de mayor calidad:
• Si se adquieren plátanos, cuanto más intenso sea el color de la piel y con manchas marrones, mayor será el grado de madurez. Si el color es más verdoso en las puntas y ligeramente amarillo en el centro, indica que aún no está maduro. La conservación debe hacerse a temperatura ambiente.
• Los cítricos como las naranjas, no deben tener partes blandas, son preferibles las lisas. En cuanto a los limones, una marca de calidad es el color brillante y la consistencia firme. Hay que evitar los arrugados o blandos.
• Respecto a las peras, conviene que no tengan bultos ni manchas de color café o verdoso.
• En el caso de las cerezas, uno de los aspectos que se deben tener en cuenta si están envasadas es que carezcan de manchas de humedad.
Algunos expertos están proponiendo cambiar de nombre a la epidemia. Y es que el actual brote de gripe porcina podría no tener su origen en los cerdos, según la Organización de la ONU para la Agricultura y la Alimentación (FAO), que enviará esta semana a México un grupo de especialistas para ayudar al Gobierno del país a evaluar la situación epidemiológica en el sector de producción porcina.
«En el momento actual parece que la transmisión se produce únicamente entre humanos, y no existe hasta ahora evidencia de que la nueva cepa del virus A haya llegado a los seres humanos desde los cerdos. Está previsto realizar más análisis para un mejor conocimiento de la situación», explica la agencia de la ONU.
Joseph Doménech, veterinario jefe de la organización, precisa que «la primera medida que la FAO y los demás deben tomar es asegurarse si la nueva cepa circula entre los cerdos, establecer si existe una conexión directa entre la enfermedad en la población humana y los animales, y explicar cómo el nuevo virus ha podido obtener material genético de cepas de gripe porcina humana, aviar y porcina».
Doménech añade que «no hay evidencia de una amenaza para la cadena alimentaria, en el estado actual se trata de una emergencia a nivel humano y no de los animales, pero tenemos que estar alerta y preparados». Por ello, urge a los gobiernos y a la comunidad internacional a aumentar la vigilancia sobre la cabaña porcina.
Sin embargo, el estudio también indica que los proyectos turísticos y de investigación, que conllevan una fuerte presencia humana en lugares poblados por monos, han suprimido de manera sustancial la caza furtiva ejercida sobre los chimpancés. Las vidas de chimpancés salvadas por este efecto protector sobrepasan en número a las que se han cobrado las enfermedades introducidas entre ellos por los humanos.
Desde hace mucho, se viene sospechando sobre la introducción de enfermedades respiratorias por parte de los humanos en áreas donde los monos en estado natural han permanecido en estrecho contacto con las personas, pero éste es el primer estudio en diagnosticar al agente de la enfermedad y en cuantificar su impacto sobre la población de chimpancés.
En el estudio, se empleó un enfoque multidisciplinario que incluyó ecología del comportamiento, medicina veterinaria, virología y biología poblacional, para rastrear la introducción de enfermedades humanas en dos comunidades de chimpancés en el Parque Nacional Tai en Costa de Marfil, donde los investigadores comenzaron a habituar a los chimpancés a la presencia humana en 1982.
Los análisis de muestras de tejidos tomadas de chimpancés, que murieron en una serie de epidemias que se remontan hasta 1999, dieron positivo a dos virus respiratorios humanos que contribuyen de manera importante a la mortalidad infantil en los países en vías de desarrollo, y que circulan también por otras naciones. Cepas virales extraídas de los chimpancés resultaron estar estrechamente relacionadas con cepas epidémicas actualmente en circulación en poblaciones humanas en regiones tan alejadas como China y Argentina, sugiriendo ello una introducción reciente desde los humanos hacia los chimpancés. Los autores de la investigación también emplearon observaciones clínicas y análisis demográficos para inferir que epidemias respiratorias similares pueden datar de fechas tan lejanas como 1986.
Las actividades de investigación científica sobre poblaciones de chimpancés tienen, pese a todo, efectos marcadamente positivos. Estudios longitudinales han demostrado que la presencia de investigadores ha suprimido la caza furtiva en el área circundante. En consecuencia, las densidades poblacionales de los chimpancés, tanto en el lugar bajo estudio como en un cercano sitio turístico de observación del chimpancé, fueron mucho más altas de lo que cabría esperarse si fueran accesibles a los cazadores furtivos.
Pero para bacterias como la Salmonella, causante de un gran número de intoxicaciones alimentarias en todo el mundo, la ausencia de gravedad tiene otra clase de efectos: los vuelve más virulentos.
Tal ha sido el resultado del primer estudio realizado durante un viaje espacial para estudiar los cambios genéticos que éste provoca en la capacidad infecciosa de un microorganismo.
La investigación, que se publica hoy en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), se llevó a cabo con bacterias de Salmonella herméticamente cerradas en un recipiente especial, durante el vuelo del transbordador Atlantis de septiembre de 2006.
Esta misión en el ESPACIO fue importante porque sirvió para reanudar la construcción de la ISS, paralizada tras el accidente mortal del Columbia. Pero la astronauta Heidemarie Stefanyshyn-Piper, de la NASA, aprovechó también para llevar a cabo el experimento de la Salmonella, dirigido desde el Instituto de Biodiseño de la Universidad Estatal de Arizona.
Crecer a sus anchas Llegado el momento, la astronauta activó un mecanismo (en la imagen) que permitía a las bacterias acceder a la parte del recipiente donde podían crecer a sus anchas, para ver cómo se comportaban en ausencia de gravedad. Simultáneamente, en la Tierra se hizo un experimento idéntico, para comparar ambos cultivos de Salmonella.
A la vuelta de la misión, los científicos analizaron las bacterias y descubrieron que hasta 167 genes de las que habían viajado al espacio funcionaban de forma distinta a sus hermanas terrestres.
Estos cambios en la expresión génica hicieron que la Salmonella astronauta fuese tres veces más virulenta, es decir, tuviese el triple de capacidad de contagiarse a las personas.
Los investigadores también identificaron una proteína, llamada Hfq, que parece ser la causante del aumento de la virulencia, por lo que podría convertirse en el objetivo idóneo contra el que desarrollar una vacuna para la Salmonella, algo que en la actualidad no existe.
Además, el experimento ha mostrado que las bacterias más peligrosas forman una película que las hace más resistentes a los ataques del sistema inmune, lo que quizás ayude a explicar por qué la Salmonella es cada vez más resistente a los antibióticos.
Cualquier alimento debería estar, en condiciones ideales, libre de la presencia de microorganismos patógenos. Pero conseguirlo no es fácil y, a pesar de las medidas que el sector productivo implementa, con un demostrado alto grado de eficacia para alguno de los microorganismos más virulentos, su completa erradicación es compleja. Un análisis de las principales bacterias patógenas responsables de enfermedades causadas por el consumo de alimentos contaminados obliga a tener en cuenta Bacillus cereus, Campylobacter jejuni, Clostridium botulinum, Escherichia coli enteropatógeno y Staphylococcus aureus.
Bacillus cereus, un bacilo de tamaño grande que forma esporas, es un microorganismo ampliamente distribuido en la naturaleza y en los alimentos. Para que se evidencien los síntomas deben ingerirse cantidades muy elevadas de esta bacteria que, una vez en el tracto intestinal, libera una toxina (exoenterotoxina) provocando una gastroenteritis. Su periodo de incubación puede ser corto, y produce una intoxicación similar a la causada por estafilococos, con náuseas y vómitos, o un cuadro de tipo diarreico. Haciendo justicia a su nombre, se lo relaciona principalmente con postres de pastelería, arroz hervido o frito y productos a base de cereales como pasta.
La contaminación se produce al germinar formas esporuladas del bacilo que resisten al tratamiento térmico. Para evitarlo es conveniente mantener este tipo de alimentos, en especial los arroces, bien calientes o enfriarlos rápidamente y en pequeñas cantidades, manteniéndolos refrigerados. A la hora de consumirlos es aconsejable calentarlos a fondo.
El nombre de la bacteria hace referencia a su forma, campylo, de origen griego, que significa curvado. Se trata de bacterias patógenas finas, filamentosas y dobladas a modo de comas. Su ingestión produce infecciones intestinales. Es la causa más común de diarreas en el ser humano, y afecta principalmente a niños, adolescentes y ancianos. Los síntomas, que aparecen al cabo de dos o cuatro días, incluyen dolor abdominal, diarrea y fiebre.
Los alimentos más relacionados con este microorganismo son las carnes o el pollo crudo o mal cocinados, la leche sin pasteurizar y el agua sin tratamiento. En los países desarrollados, y pese a las cada vez más exhaustivas medidas sanitarias, los brotes de infecciones por Campylobacter, lejos de disminuir, se incrementan. Para prevenir este tipo de infección deben cocinarse bien los alimentos, evitar posteriormente la contaminación cruzada y beber agua sanitariamente controlada.
Clostridium botulinum es una bacteria en forma de bastoncito que vive habitualmente en el suelo en condiciones anaerobias (en ausencia de oxígeno), produce esporas resistentes y genera gas.
La intoxicación la produce la toxina botulínica, una potentísima neurotoxina que ataca al sistema nervioso. Se trata de una de las más peligrosas que se conoce, pudiendo ocasionar la muerte a dosis bajísimas.
El botulismo se presenta raras veces, aunque se le presta mucha atención por su elevada mortalidad. Los síntomas aparecen entre las 12 y 36 horas en forma de trastornos digestivos agudos, náuseas, vómitos, incluso diarrea y dolores de cabeza, fatiga y desvanecimientos.
También puede producir estreñimiento y presentarse síntomas neurológicos como doble visión. Con frecuencia puede aparecer dificultad al tragar, hablar y tener sensación de boca seca. La toxina paraliza los músculos involuntarios, extendiéndose al sistema respiratorio y al corazón.
La causa más frecuente de este tipo de intoxicación es la elaboración incorrecta de alimentos envasados en el hogar, principalmente carnes o pescados conservados, así como verduras y hortalizas (judías verdes, espárragos y remolacha, entre otros). Los brotes de botulismo derivados de un fallo en la producción industrial de alimentos siempre son noticia por sus consecuencias. La prevención pasa por el control de los tratamientos térmicos y el rechazo de envases mínimamente abombados, hinchados o deteriorado
Los síndromes determinados por la ingestión de ECE se dividen en dos grupos:
• Bacterias que producen una enterotoxina y provocan una enfermedad similar al cólera (diarrea, vómitos, deshidratación). Son las responsables de las diarreas infantiles y de las llamadas «diarreas del viajero». Tras su ingestión se produce una colonización del intestino y una posterior liberación de la toxina.
• Bacterias que no producen enterotoxina pero son invasivas del intestino y provocan colitis (inflamación del intestino grueso) y cuadros similares a una sigelosis (disentería bacilar) con fiebre, escalofríos, dolores de cabeza, espasmos abdominales y diarrea, entre otros.
En ambos casos se ingieren alimentos en los que se ha desarrollado un intenso crecimiento bacteriano, bien por una fuerte contaminación o por una conservación inadecuada. La prevención pasa por el control de los alimentos frescos en origen, principalmente leche y carne; la vigilancia de una posible contaminación posterior y la recontaminación de los alimentos ya higienizados.
Finalmente, la refrigeración impedirá la multiplicación de los posibles ECE presentes en los alimentos.
Además de los mencionados ECE, E.coli O157:H7 relacionada con hamburguesas mal cocinadas, leche cruda y algunos productos agrícolas, puede producir un tipo de toxina mortal. Su incidencia es baja.
La intoxicación de origen alimentario más frecuente la produce la ingestión de la toxina que aparece por el crecimiento en los alimentos de ciertas cepas de S.aureus. Se trata de una enterotoxina que causa gastroenteritis al poco tiempo de ser consumida (de dos a cuatro horas) con vómitos, diarrea e inflamación de la mucosa gástrica e intestinal. El microorganismo es un estafilococo, es decir, una bacteria con forma redonda que crece normalmente en masas similares a racimos de uvas en medio sólido, dando al alimento una coloración amarilla dorada (aunque algunas cepas son incoloras), de ahí el nombre de aureus.
A pesar de su amplia distribución y a la facilidad con la que llega a los alimentos, sus efectos son agudos y aparatosos pero remiten rápidamente. Staphylococcus aureus es un microorganismo muy resistente a las condiciones ambientales y extremadamente difícil de erradicar, y convierte a los manipuladores de alimentos en los principales agentes de su rápida extensión. El frío impide que la bacteria forme la toxina que desencadena la infección bacteriana en humanos.
Los alimentos más implicados son principalmente los cocinados ricos en proteínas como el jamón cocido, carne de aves y también productos de pastelería rellenos de crema. Alrededor del 75% de los brotes de intoxicación estafilocócica se presentan como consecuencia de una mala refrigeración.
Listeria monocytogenes debe su nombre al médico inglés Joseph Lister, cirujano del siglo XIX que, impresionado por los trabajos de Pasteur, relacionó la sepsia postoperatoria con las infecciones microbianas resultado de la falta de desinfección quirúrgica. Sus sencillos pero eficaces métodos de esterilización tanto de instrumentos como de vendajes y ambiente en los quirófanos fueron totalmente revolucionarios en su época, y sentó las bases de la cirugía antiséptica.
Esta bacteria, con forma de bacilo corto o coco, produce una enfermedad llamada listeriosis, una patología de periodo de incubación variable, especialmente grave en mujeres embarazadas y recién nacidos así como en adultos inmunodeprimidos. En la madre puede causar fiebre leve con gastroenteritis débil o síntomas similares a una gripe mientras que en el feto causa una septicemia generalizada grave.
La listeriosis puede contraerse por diferentes vías de transmisión, pero la alimentaria es una de las más frecuentes. Debido a que la cantidad presente en alimentos suele ser frecuentemente baja, el verdadero problema reside en su rápida multiplicación durante el almacenamiento del producto, aún a temperaturas bajas de refrigeración, una de sus características más problemáticas. Además es bastante resistente al calor, acidez y concentración salina.
Se ha relacionado esta enfermedad con el consumo de verduras con excesivo almacenamiento en origen, leche cruda, quesos blandos, carnes crudas o poco cocinadas y embutidos, pollo y pavo y productos del mar tanto frescos como en conserva y ahumados. Uno de sus principales reservorios en alimentación son las superficies húmedas de plantas de procesado de alimentos.
Este hecho, junto con su relativa facilidad para crecer a bajas temperaturas, convierten las cámaras frigoríficas de la industria alimentaria en importantes posibles placas de cultivo. Las manos del manipulador y la contaminación cruzada son los principales focos de infección en alimentos.
Debe tenerse especial cuidado con la leche cruda y platos preparados con ellos, quesos de pasta blanda (nunca comer la corteza), derivados cárnicos como embutidos, salchichas, especialmente de consumo frío, durante el embarazo es preferible evitar todos ellos. Además es importante evitar almacenamientos prolongados incluso en refrigeración; limpiar, desinfectar y secar bien superficies y utensilios, también las manos; atención a la higiene del frigorífico; cocinar a fondo los alimentos también al recalentarlos; higienizar verduras crudas antes de consumirlas, y no consumir alimentos «artesanos» que no ofrezcan garantías sanitarias.
La salmonela es una de las bacterias más mediáticas y conocidas. A ella se le atribuyen muchas de las toxiinfecciones alimentarias, algunas inmerecidamente. Se trata de una enterobacteria que puede llegar a contaminar el agua y los alimentos de origen animal especialmente huevos, aves y cárnicos, y que al multiplicarse en condiciones adecuadas de crecimiento durante el tiempo suficiente alcanza una dosis tal que al ingerirse produce una patología llamada salmonelosis.
Sólo a través del control de alimentos en origen y de unas buenas prácticas de manipulación en toda la cadena se puede reducir la incidencia y llegar a su erradicación.
Shigella es una enterobacteria en forma de bacilo cuyo género fue descubierto y descrito por el bacteriólogo japonés Shiga, a quien debe el nombre. Sus brotes se relacionan con la falta de higiene y se transmite fácilmente, bien directamente de persona a persona o a través de las manos, insectos o por contaminación fecal. Con todo, el agua contaminada es uno de los principales focos de infección. Tras su ingestión esta bacteria libera una endotoxina que afecta a la mucosa intestinal. Tanto el periodo de incubación como los síntomas son muy variables: dolores abdominales, diarreas, esclofríos, naúseas y cefaleas de diferentes grados de gravedad.
La shigelosis, también llamada disentería bacilar, aparece con más frecuencia de la que a menudo se le concede.
Además del agua, se la relaciona con alimentos con elevada tasa de humedad, como la leche, las verduras como judías verdes o patatas, aunque se han visto también implicados en sus brotes atún, gambas, pavo y salsas preparadas. Las medidas de prevención están relacionadas con la estricta higiene personal, así como evitar su desarrollo mediante una refrigeración adecuada y una correcta higienización de los alimentos previa a su consumo.
Se trata de un bacilo móvil próximo a V.cholerae (agente patógeno del cólera). Debido a que es un habitante habitual del medio marino, su más temida característica es la condición de bacteria halófila, es decir, que necesita concentraciones salinas elevadas, en este caso similares a las marinas, para desarrollarse, pero resiste concentraciones superiores, por lo que además de alimentos de origen marino frescos puede contaminar también otros productos como salazones.
Su ingestión provoca, tras unas 12 horas, una gastroenteritis febril a veces acompañada de diarrea sanguinolenta. Su papel enteropatógeno ha sido ampliamente estudiado y demostrado en Japón, donde constituye una de las causas más importantes de infecciones alimentarias.
Los alimentos más implicados son de origen marino: pescado y moluscos crudos o insuficientemente cocinados. El microorganismo se encuentra ya en estos alimentos en el momento de su captura. Tras la muerte del pescado, V. parahemolítico se multiplica activamente.
Como medidas de control es conveniente limitar su crecimiento en los productos crudos conservándolos en refrigeración o congelación además de consumir pescados y mariscos suficientemente cocinados o hervidos e impedir su recontaminación por los crudos como normalmente sucede en estos brotes. Una práctica peligrosa nada recomendable es el empleo de agua de mar para labores de limpieza o para enjuagar alimentos que se van a consumir en crudo.
Se trata de una enterobacteria psicrótrofa, es decir, que crece a temperaturas de refrigeración, y de la que sólo algunas cepas son enteropatógenas. Causa la yersiniosis, una enfermedad que cursa con dolor abdominal, diarrea o vómitos, síntomas que recuerdan una apendicitis y que aparecen entre las 24 y 36 horas tras la ingestión del alimento contaminado.
En su mayoría, esas intoxicaciones se produjeron «por alimentos consumidos en restaurantes o establecimientos públicos».
Llama la atención que doce de cada cien encuestados aseguraran que la causa había sido «alimentos precocinados consumidos en casa» y, sobre todo, que cuatro de cada cien no supieran decir el lugar donde se produjo la INTOXICACION.
El barómetro del CIS revela además que las cuestiones relacionadas con la alimentación que más preocupan a los ciudadanos son muy diversas.
En ese sentido, cabe destacar que «los pequeños comercios, las tiendas del barrio», no son los establecimientos que inspiran más confianza entre los entrevistados, según el CIS.
Cuatro de cada diez se decantan por «supermercados, hipermercados y grandes superficies».
Otro dato reseñable es que el 72,4% de los encuestados afirma desconocer la existencia de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria (AESA), un organismo creado en el año 2003.
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