Desde los comienzos de la agricultura industrial, los productores han tratado de reducir costos, de minimizar la superficie explotada y aumentar el rendimiento por hectárea, pero ¿a qué costo?, al costo de emplear una cantidad cada vez mayor de productos químicos para abonar las extenuadas tierras, acelerar el crecimiento de vegetales, cereales y apurar la cosecha.
La crianza de animales de granja ha seguido un proceso de industrialización similar. Los compuestos que se elaboran para su alimentación están fabricados, en sus variedades más económicas, con hormonas que apresuran el engorde para llegar más rápido al mercado. Estas hormonas quedan en altas concentraciones de manera residual en la carne que luego servimos en nuestra mesa, se sospecha que pueden ser causantes de gran cantidad de enfermedades. Sin embargo no podemos dejar de consumir los Alimentos ORGANICOS esenciales en una dieta sana y equilibrada.
Los Alimentos ORGANICOS superan ampliamente a los industrializados en calidad, en los alimentos que no han recibido sustancias artificiales e inorgánicas, gusto, aroma, textura y hasta color son notablemente distintos porque conservan sus cualidades naturales.
Por otro lado, las prácticas orgánicas se integran al cuidado de la ecología y medio ambiente. Los animales son alimentados primeramente con especies vegetales en estado “puro” como pasto, semillas, y forraje, a diferencia de los animales industrializados que ingieren compuestos elaborados o alimentos balanceados a los que se les han añadido antibióticos y hormonas que persiguen el aumento de peso de los animales para la faena.
La diferencia entre ambos tipos de crianza es notable y se ha comprobado que los pollos criados de manera orgánica engordan al mismo ritmo que los industrializados, con la ventaja de que la tasa de enfermedad o epidemias aviares es menor y la calidad del producto final es superior.
Resulta imprescindible desarrollar técnicas de evaluación del riesgo para poder identificar áreas de focalización de peligros alimentarios, así como posibles técnicas de mitigación de los mismos. Algunas de las conclusiones del estudio británico se derivan del hecho de que el aumento progresivo de las temperaturas podría provocar un incremento en el número de microorganismos patógenos y de micotoxinas en toda la cadena alimentaria, desde la producción hasta el consumo. Tanto el procesamiento como el transporte y almacenamiento de los alimentos pueden incrementar los riesgos, pero hay poca información sobre cómo estos se alteran con el Cambio CLIMATICO. Por otra parte, este aumento de temperaturas puede provocar que microorganismos y enfermedades de origen alimentario propias de otras latitudes más cálidas se desarrollen en nuestro entorno.
Otro punto destacable es que las cada vez más frecuentes, largas y severas épocas de sequía, consecuencia del calentamiento global, provocarán una mayor necesidad de agua de riego que hará que el riesgo de microorganismos patógenos sea más elevado. Por otro lado, las previsibles inundaciones son uno de los mecanismos para el transporte de agentes patógenos y sustancias químicas en suelo agrícola que puede aumentar.
Por último, el estudio pone de relieve la importancia de los equipos de vigilancia epidemiológica, cuya labor será cada vez más importante. Además, es fundamental desarrollar métodos de detección rápida de patógenos y productos químicos en los alimentos y en los seres humanos y para comunicar con rapidez a los organismos reguladores para que estos realicen, en poco tiempo, las oportunas recomendaciones y acciones.
Fuente: consumer (1 de diciembre de 2010) Por MARTA CHAVARRÍAS
Las bacterias en grandes cantidades en los alimentos pueden ser causa de intoxicaciones. A temperaturas bajo cero, la mayoría que causa enfermedades puede sobrevivir, pero no crece. A temperaturas de congelación (unos -18ºC), los alimentos se mantienen durante largos periodos de tiempo. Cuando se interrumpen estas condiciones, aumenta el riesgo de contaminación de los productos.
El grado de afectación depende de aspectos como la cantidad de alimentos en el congelador: uno que esté lleno, si no se abre, puede mantener los alimentos en condiciones durante al menos un día; si por el contrario está medio lleno, este tiempo se reduce. También influye el tipo de alimentos, de forma que los de mayor contenido en agua se mantendrán congelados durante más tiempo -un congelador repleto de carne no se calienta de forma tan rápida como otro que esté lleno de pan- y la temperatura a la que estaba el aparato antes de la interrupción de luz -cuanto más fría, más tiempo permanecen los productos congelados.
Si bien uno de los síntomas de deterioro puede valorarse por el olor, sobre todo en alimentos como la carne, en otros como la verdura o los mariscos, la valoración con este parámetro no es fiable. Las bacterias se multiplican con rapidez en ellos. Sin embargo, en otros como las frutas y productos de pan se registra una especie de fermentación que los protege de posibles riesgos. En cualquiera de los casos, es recomendable:
• Agrupar los alimentos para mantener el frío durante más tiempo.
• No abrir la puerta ni siquiera para comprobar el estado de la comida.
• Si está previsto que la avería se solucione en menos de 24 horas, dejar la comida dentro y no abrir la puerta. Si el tiempo es superior a un día, cambiar los alimentos a otro congelador, si es posible.
• Si se desconoce el tiempo que los alimentos llevan en proceso de descongelación, lo más seguro es tirarlos.
• Separar la carne de aves de corral, ya que si empiezan a descongelarse, los jugos pueden llegar a otros alimentos y contaminarse.
• Si los productos aún contienen cristales de hielo, pueden volver a congelarse.
• Desechar los alimentos que hayan alcanzado temperaturas superiores a 4ºC durante un periodo superior a dos horas.
• Usar un termómetro para controlar la temperatura en el interior, en distintas partes del congelador. Conocer la temperatura más alta es uno de los principales factores para determinar si el alimento congelado es seguro.
En el momento en el que se reestablece la electricidad o se soluciona el problema, el siguiente paso será recuperar al máximo el contenido. En la mayoría de los casos, si los alimentos comenzaron a descongelarse hace varias horas, deberán desecharse. Sin embargo, algunos resisten mejor la descongelación que otros, por lo que se tendrá que verificar su estado de forma individual.
La comida precocinada y el marisco no podrán volver a congelarse y deberán desecharse si han alcanzado temperaturas superiores a 5ºC durante más de tres horas. La carne roja y de ave y el pescado crudos resisten mejor la descongelación que los platos precocinados. Si se consume de inmediato, la carne cruda expuesta a más de 5ºC durante un máximo de seis horas puede aprovecharse. Para evitar cualquier riesgo, el interior de la pieza debe llegar a 75ºC.
La congelación inactiva y frena la actividad de los patógenos, pero no los elimina. Por tanto, una vez descongelado el alimento, si contenía microbios, estos pueden llegar a ser más activos, ya que se favorecen las condiciones adecuadas de temperatura. Los alimentos descongelados deben controlarse de la misma manera que otros perecederos.
A pesar de que la mayoría de microorganismos patógenos pierden cierta capacidad para multiplicarse en condiciones de congelación, no se inactivan de manera total. Algunos de los patógenos del frío son Listeria monocytogenes, Yersinia enterocolitica y Aeromonas hydrophila. Yersinia puede crecer a bajas temperaturas y, además, resiste bien la congelación. Por este motivo, es fundamental controlar la proliferación de esta variedad de patógenos cuando se registra un mal funcionamiento del congelador.
Los carotenoides, incluyendo los betacarotenos, alfacarotenos y licopenos que son producidos por plantas y microorganismos, actúan como antioxidantes, contrarrestando los daños al ADN relacionados con el oxígeno, las proteínas y las grasas, que podrían participar en el desarrollo de enfermedades crónicas como los problemas cardiacos y el cáncer.
Para llegar a esta conclusión, los investigadores, dirigidos por el doctor Chaoyang Li, de los Centros de Control y Prevención de las Enfermedades en Atlanta, evaluaron la relación entre los alfacarotenos y el riesgo de muerte entre 15.318 adultos de más de 20 años que participaron en una encuesta nacional de salud y nutrición en EE.UU.. Los participantes se sometieron a chequeos médicos, análisis de sangre entre 1988 y 1994, y fueron estudiados hasta 2006 para determinar si morían y cómo lo hacían.
A lo largo del estudio fallecieron 3.810 participantes, pero descubrieron que el riesgo de morir se reducía entre los que contaban con mayores niveles de alfacarotenos en la sangre. Comparados con los individuos con niveles entre 0 y 1 microgramos por decilitro, el riesgo de mortalidad durante el estudio era un 23 por ciento menor entre quienes tenían concentraciones de entre 2 y 3 microgramos por decilitro; un 27 por ciento menor entre los que tenían entre 4 y 5 microgramos por decilitro; un 34 por ciento menos en niveles entre los 6 y los 8 microgramos y el 39 por ciento menor para niveles de 9 microgramos o más.
Aunque los alfacarotenos son químicamente similares a los betacarotenos, podrían ser más eficaces inhibiendo el crecimiento de las células cancerígenas en el cerebro, hígado y piel.
Para los autores estos resultados apoyan un mayor consumo de frutas y vegetales como forma de evitar la muerte prematura, al tiempo que sugieren la necesidad de una mayor investigación clínica sobre los beneficios de los alfacarotenos.
Pero, ¿son éstas las únicas grasas buenas que existen?
Fuente: consumer (11 de enero de 2010)
Los ácidos grasos omega 3 son un tipo de grasa insaturada, pero no la única. En general, todas las grasas insaturadas se consideran grasas buenas porque protegen los vasos sanguíneos y el corazón. Por eso, los ácidos grasos insaturados también se conocen como grasas cardiosaludables y se clasifican en dos grandes grupos:
1.- Ácidos grasos monoinsaturados (ácido oleico): deben suponer un 15-20% de las calorías totales del día.
2.- Ácidos grasos poliinsaturados:el 7% de las calorías de la dieta diaria deben ser de este tipo y se clasifican en:
• Omega 3: ácido linolénico esencial, EPA y DHA.
• Omega 6: ácido linoleico esencial, araquidónico y otros.
Además, los ácidos grasos omega 6 tienen una acción antiagregante plaquetaria, es decir, hacen la sangre más fluida, por lo que reducen el riesgo de formación de trombos o coágulos. Si la ingesta de ácidos grasos omega 6 es excesiva y también se toman fármacos anticoagulantes como el Sintron, el efecto de uno y otro se suma. Por esto es imprescindible seguir los consejos de un profesional sanitario y realizarse pruebas de coagulación para ajustar bien la dosis.
Sin embargo, sí que es más habitual que haya deficiencia de ácido linoleico, un omega 6 esencial. Esta deficiencia se asocia a una serie de síntomas como son retardo del crecimiento, lesiones cutáneas, deficiencias en la reproducción, hígado graso y polidipsia (necesidad de beber con frecuencia).
Simopoulos señaló que los hábitos alimenticios de la sociedad actual han evolucionado «de una dieta rica en antioxidantes y con variedad de grasas a una con mayor cantidad de omega 6 (presente en aceites como el de maíz o soja)». Explicó que las frutas y verduras que se consumen, al cultivarse con técnicas más modernas, tienen una menor cantidad de antioxidantes. Además, se alimenta a los animales con cereales y, como consecuencia, «la cantidad de omega 6 en nuestra dieta se ha incrementado».
También se ha disminuido el aporte de ácidos omega 3 -procedentes sobre todo del pescado azul, mariscos, aceites de semillas y vegetales de hojas verdes-, lo que junto con el aumento de la ingesta de omega 6 afecta a la salud. La investigadora explicó que en modelos animales se ha demostrado que el mayor consumo de omega 6 eleva el riesgo de sufrir cáncer, problemas cardiovasculares, neurodegenerativos e inflamatorios. «En el ser humano los resultados son todavía contradictorios, pero se ha comprobado que en personas con predisposición genética, el omega 3 es beneficioso en algunos tipos de tumores», señaló.
Por su parte, el especialista en Nutrigenética y Nutrigenómica y presidente de ISNN, Rafaelle De Caterina, dijo que se puede cambiar «el destino escrito en nuestros genes si cambiamos nuestra alimentación». Según De Caterina, «existen medicamentos derivados de alimentos, como el omega 3, que disminuyen el riesgo de muerte cardiovascular». Por ello, «las intervenciones en la alimentación deben ser prioritarias para la comunidad científica en este momento».
Debido a la creciente popularidad del JAMON IBERICO en Japón, el puro de bellota de Iberselec ha sido elegido para una investigación en ese país, ya que han detectado en él altos niveles de sustancias umami.
La investigación corre a cargo del Umami Information Center (UIC), una organización líder en la promoción y difusión mundial de información sobre el sabor umami. Esta organización nació en 1982 en Tokio, con el apoyo de la Asociación Japonesa de Fabricantes de Umami, y ha sido certificada por el Gobierno Metropolitano de Tokio como una organización sin ánimo de lucro.
En ciertos países, sobre todo estadounidenses, circula una creencia popular conocida como «la regla de los cinco segundos».
Según ésta, si un alimento cae al suelo y se ingiere en menos de este tiempo, no hay riesgo de contaminación microbiana de los PATOGENOS.
Como toda opinión de esta naturaleza, no está fundamentada en criterios académicos ni científicos.
Otra afirmación similar, más habitual en países como Rusia, cuenta que «si se recoge de forma inmediata, no se considera que ha caído».
El sentido es similar a la anterior.
Sin embargo, varios estudios realizados en este campo prueban que sí hay riesgo de los PATOGENOS y que éste depende de factores como la superficie (baldosas, alfombras o superficies de cocina) y las bacterias que en ella habitan.
Fuente: consumer (15 de noviembre de 2010) Por MARTA CHAVARRÍAS
Si una galleta cae al suelo, ¿puede recogerse y consumirse o es mejor tirarla? Si se atendiera a la «regla de los cinco segundos», se podría ingerir sin riesgo de intoxicación alimentaria si no ha permanecido en el suelo más tiempo del mencionado. Sin embargo, investigaciones universitarias, como la desarrollada por un grupo de expertos de la Universidad de Clemson, en Carolina del Sur, tiraba por los suelos la teoría expuesta en esta creencia.
Según este análisis, la norma debería ser la de los «cero segundos», ya que patógenos como salmonella tienen capacidad de sobrevivir en superficies secas hasta cuatro semanas y de transferirse a los alimentos con el contacto inmediato. El riesgo depende también de otros aspectos como la humedad, la naturaleza de la superficie (porosa o impermeable) y el tipo de alimento: tiene menos riesgo de contaminación uno seco que otro que contenga agua.
En otro intento por demostrar las debilidades del mito, un grupo de expertos de la Universidad de Illinois analizó el riesgo de contaminación por E.coli en suelos con azulejos, cuando caían sobre ellos manzanas (alimentos «húmedos») y dulces (secos). Para la investigación, los expertos dejaron caer los alimentos durante intervalos de cinco, diez, treinta y sesenta segundos. Transcurrido este tiempo, los limpiaron y los colocaron en placas de agar para realizar un cultivo de posibles bacterias.
Pero esta vez los resultados fueron más inesperados: se detectaron PATOGENOS en rodajas de manzana que habían estado en el suelo más de un minuto. De ahí que los expertos admitan que se puede «esperar» al menos 30 segundos para recoger alimentos húmedos y más de un minuto en el caso de los secos antes de que se contaminen con bacterias.
En otra investigación, en cambio, se comprobó que, tras esterilizar los azulejos, inocularlos con E.coli y colocar 25 gramos de galletas durante cinco segundos, el patógeno se transfiere al alimento, una contaminación que demuestra que los microorganismos pueden pasar de la baldosa al alimento en este tiempo. En la Universidad Estatal de San Diego, en un intento de explicar si la creencia popular se demuestra con criterios científicos, detectaron gérmenes en zanahorias y biberones antes de cinco segundos. En esta ocasión, los expertos utilizaron zonas de la cocina como el fregadero, la encimera o la mesa, así como baldosas y alfombras. El área más contaminada, según los expertos, fue la encimera, seguida de las alfombras.
En el mismo estudio, se analizaron las tronas de los niños y las bandejas donde se depositan los alimentos. En comparación con otras superficies, como las encimeras, contenían más gérmenes. Esto demuestra que hay algunas zonas de la cocina, como el pomo de la puerta de la nevera, los grifos e, incluso, los interruptores de la luz, que no se desinfectan con la regularidad necesaria para eliminar posibles contaminaciones.
Sea cual sea el tiempo que transcurre desde que un alimento cae en una superficie determinada hasta que se contamina, la prevención pasa por una correcta limpieza y desinfección. Salud alimentaria e higiene son conceptos que deben ir a la par con el fin de evitar que gérmenes, virus y bacterias entren a formar parte de la dieta. En la mayoría de los casos, más que el tiempo que transcurre, el aspecto que más influye en una transferencia de PATOGENOS es el grado de contaminación de la superficie. Si un alimento se recoge de una superficie más o menos limpia, el riesgo de infección será menor, aunque hayan pasado más de cinco segundos, que en una superficie con mayor carga bacteriana, aunque pase menos tiempo.
En la cocina, cuando se habla de evitar contaminaciones y de prevenir la acción de bacterias, virus y gérmenes, deben tenerse en cuenta aspectos como la limpieza de todas las superficies, una cocción adecuada y evitar la contaminación cruzada. Una correcta limpieza pasa por:
• Utilizar agua caliente y detergente.
• Fregar con fuerza utensilios y superficies para eliminar cualquier resto de suciedad.
• Enjuagar con agua caliente.
• Lavarse las manos cada vez que se cambie de alimento.
• Mantener una correcta desinfección de utensilios, mesas, estanterías y electrodomésticos.
Para que los microorganismos puedan desplazarse de un lugar a otro necesitan un medio que se lo permita. Esta transferencia, que se denomina contaminación, es posible a través de las manos, las superficies, los alimentos e, incluso, animales. Para crecer y multiplicarse, un microorganismo necesita comida, agua, tiempo y calor. Una bacteria puede duplicarse en 15 minutos, aunque no todas son nocivas, ya que algunas tienen que alcanzar altos niveles para ser perjudiciales, mientras que otras incluso en un número muy reducido pueden provocar enfermedades.
¿La razón?. Su cultivo no sale tan rentable como plantar otros productos o dedicarse a oficios más estables en el sector servicios. De esta forma, los pequeños productores al Oeste de África cada vez están plantando menos cacao.
Las estimaciones dicen que en 20 años será tan raro y caro como el caviar y que muy poca gente podrá permitírselo. Por otro lado las compañías Hershey y Mars ya están trabajando con el genoma del cacao para crear plantaciones más resistentes y productivas.
«Algo que esperamos que funcione, porque, como se podía leer en una de las aventuras de Charlie Brown: «una buena manera de olvidar una historia de amor es comerse un buen pudin de chocolate.»
La feniletilamina, neurotransmisor liberado por el chocolate, induce la secreción de dopamina, otro neurotransmisor responsable de la capacidad de desear algo y de repetir un comportamiento que provoca placer.
También induce a la producción de norepinefrina y oxitocina, mensajeros químicos del deseo sexual. También contiene anandamida, otro neurotransmisor que activa la secreción de dopamina y produce efectos de euforia similares a los de la marihuana.
Los científicos expusieron a ratas a un herbicida tóxico conocido por eliminar los antioxidantes y provocar estrés oxidativo y descubrieron que las ratas alimentadas con una dieta que contenía aceite de oliva conseguían protegerse en parte de los daños en el hígado.
Los autores de la investigación separaron a las ratas en un grupo control, un grupo que consumía aceite de oliva y seis grupos que fueron expuestos al herbicida 2,4 ácido diclorofenoxiacético, con o sin aceite de oliva o alguno de sus extractos, como la fracción hidrofílica o la lipofílica. Todos los roedores tratados con el herbicida mostraron signos de daño hepático significativo. Sin embargo, la ingesta de aceite de oliva virgen extra y de la fracción hidrofílica mostró un aumento significativo de la actividad de la enzima antioxidante y un descenso en los marcadores de daño hepático.
Hammami señaló que la forma hidrofílica del aceite de oliva parece ser eficaz para reducir el estrés oxidativo inducido por las toxinas, lo que indica que el extracto hidrofílico podría ejercer un efecto antioxidante directo sobre las células hepáticas. Sin embargo, el investigador detalló que son necesarios estudios más detallados sobre el efecto de los componentes antioxidantes por separado y sus interacciones para validar estas observaciones.
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