Fuente: www.xatakaciencia.com (4 de noviembre de 2011) Por Sergio Parra
Proyectos como la ecópolis flotante llamada Lilypad, que está en manos del arquitecto belga Vincent Callebaut.
Lilypad tendrá un aspecto agradable y en sintonía con la naturaleza, una forma de loto gigante, y podrá albergar a cientos de miles de ciudadanos que se hayan visto obligados a abandonar zonas inundadas por la crecida del mar, como las islas Kiribati y las Maldivas, que serán las primeras en sucumbir.
A juicio de Callebaut, las inversiones en frenar el mar, como los diques de los Países Bajos, son estériles, temporales parches para un fenómeno que tarde o temprano será imparable. Lilypad pretende ser una solución a largo plazo.
Aunque todavía no se ha estimado su coste y los detalles técnicos brillan por su ausencia (parece que a Callebaut sólo le importa el aspecto estético del proyecto), se sabe que el prototipo contará con tres cadenas montañosas y un área de paredes de vidrio bajo el agua en forma de tazón para ser empleado para instalaciones comerciales y recreativas. Además, usando diversas formas de energías renovables, recogiendo el agua de lluvia en un lago central y gracias a su piel de dióxido de titanio, que podría absorber el dióxido de carbono de la atmósfera, Lilypad será autosustentable.
Los que se oponen a esta clase de proyecto arguyen que finalmente estas construcciones serán reductos flotantes para una elite social de un mundo cada vez más contaminado. Como si se mudaran a una estación espacial, fuera de los confines del mundo.
Personalmente, dudo de la eficacia de esta clase de medidas. Porque, tarde o temprano, las estaciones espaciales, así como las islas, artificiales o no, siempre acaban siendo claustrofóbicas y profundamente aburridas.
El biólogo estadounidense Edward Wilson examina las perspectivas de sobrevivencia de un mundo que, enfrenta el desafío de sostener a siete mil millones de habitantes.
El paso al que crece la población mundial está superando los cálculos hechos por Naciones Unidas.
Fuente: BBC (31/10/11) Por Edward Wilson
Es absolutamente crucial controlar desde muy cerca el crecimiento de la población humana.
De hecho, ya estamos superando las expectativas de Naciones Unidas, con unos 9.000 millones calculados para 2043.
Deberíamos tratar de frenarnos en los 10.000 millones. Eso sería factible, y las tendencias van en esa dirección, con una baja de las tasas de fertilidad en todos los continentes.
Pero habría que poner más esfuerzos en alejarnos del sometimiento de la mujer, de los nacimientos no deseados y de un crecimiento de la población generalizado.
Sin embargo, aún más importante, deberíamos estar tratando de manera creativa con el asunto del creciente consumo per capita en el mundo.
Eso va a tener consecuencias devastadoras y tenemos que abordar el problema de modo que apuntemos a un estándar de alimentación y niveles de vida decentes para la gente en todo el orbe, que sean sostenibles.
Eso no está en ningún programa del mundo de una manera que tenga una repercusión sobre países individuales y la gente que está más involucrada.
Estoy particularmente preocupado por lo que estamos haciendo con el resto de la vida.
Según Wilson, debemos volcar nuestra atención a las partes vivas de los ecosistemas.
Parte de nuestro problema en ser verde a medias es que la población mundial ha estado centrándose en las partes no vivas del medio ambiente, en los recursos naturales, en la calidad del agua, de la atmósfera, en el cambio climático etc.
Quisiera ver que se pone mayor atención al establecimiento de reservas y parques en todo el mundo.
Ya lo estamos haciendo en algunos lugares, pero de manera parcial, y no a la velocidad necesaria.
Necesitamos seleccionar más lugares de refugio, donde la naturaleza, donde el resto de la vida, el medio ambiente vivo pueda ser protegido, mientras resolvemos nuestros problemas como especie y nos asentamos antes de destruir la totalidad del planeta.
Alternativas para el siglo que viene
«Pero habría que poner más esfuerzos en alejarnos del sometimiento de la mujer, de los nacimientos no deseados y de un crecimiento de la población generalizado.»
Vamos a entrar al siglo XXII ya sea con un planeta en muy malas condiciones y con menos perspectivas de habitabilidad para nuestra especie, o bien, con las suficientes reservas de vida preservada y el potencial para reconstruir un mundo natural suficiente como para darle a la humanidad un asomo de paraíso, con un estándar de vida decente para todo el mundo.
Por ahora, la gente rica tiene niveles de consumo absurdos y las diferencias, incluso en los países desarrollados, entre el sector más rico y el sector más pobre están acentuándose.
Ésta es una tendencia peligrosa. Necesitamos dar un ejemplo en los países desarrollados, por lo menos a través de una limitación moderada de nuestro consumo y una distribución de la riqueza más sabia.
El equipo del descubrimiento, liderado por William Borucki, del Centro de Investigación Ames de la NASA, utilizó los datos fotométricos del telescopio espacial Kepler de la NASA, que controla el brillo de 155.000 estrellas. Los planetas del tamaño de la Tierra que orbitan de forma plana, están alineados de tal manera que periódicamente pasan por delante de sus estrellas, ofreciendo un atenuamiento minúsculo de la luz de su estrella madre, dicho atenuamiento sólo puede ser medido por un telescopio espacial altamente especializado como Kepler.
Este descubrimiento es la primera detección de un mundo, posiblemente habitable, en órbita alrededor de una estrella similar al Sol.
La estrella se encuentra a unos 600 años luz de distancia en dirección a la constelación de Lyra y del Cisne. La estrella de tipo G5, tiene una masa y un radio sólo un poco menores que nuestro Sol, una estrella G2. Como resultado, la estrella es aproximadamente un 25% menos luminosa que el sol. El superplaneta orbita a su estrella G5 con un período orbital de 290 días, comparado con 365 días de la Tierra, a una distancia aproximada de un 15% más cercana de su estrella que la Tierra del sol. Esto se traduce en unas temperaturas cálidas, ya que orbita en el centro de la zona habitable de la estrella, y se espera que en la superficie del planeta pueda existir agua líquida. Para la vida tal como la conocemos, el agua líquida es requisito fundamental, y esto haría de este nuevo planeta no sólo habitable, tal vez incluso habitado.
Anteriormente se han detectado numerosos planetas grandes, masivos y gigantes de gas en la zona habitable alrededor de las órbitas de estrellas de tipo solar, pero de los gigantes de gas no se cree que sean capaces de albergar vida. Este nuevo exoplaneta es el más pequeño descubierto en el radio de la zona habitable de una estrella hasta la fecha. Al ser unas 2,4 veces mayor que la Tierra, lo coloca en la clase de los exoplanetas conocidos como súper-Tierras.
En tanto no se conozca la masa de este nuevo planeta, que debe ser menor de 36 veces la de la Tierra, según datos basados en la ausencia de una medidas Doppler (velocidad radial) sobre la oscilación de la estrella anfitriona. Las masas de las otras súper-Tierras ya medidas con la técnica Doppler se determinó que se encontraban en el intervalo de aproximadamente 5 a 10 veces la de la Tierra: Algunos parecen ser rocosos, mientras que otros, probablemente contienen fracciones importantes de hielo y agua. De cualquier manera, el nuevo planeta parece ser habitable.
«Este descubrimiento apoya la creciente noción de que vivimos en un universo lleno de vida», señalaba Boss. «Kepler está a punto de determinar la abundancia real de esos planetas habitables como la Tierra en nuestra galaxia».
Visto lo visto podríamos sugerir que frente a los grandes centros comerciales, y aún más en época de rebajas, se colocaran grandes carteles advirtiendo que “consumir perjudica gravemente su salud”, al más puro estilo de las Autoridades Sanitarias. Y es que el consumismo irracional, superfluo y no necesario, que promueve el sistema capitalista, no sólo puede afectar de manera inesperada y contundente nuestra salud vía “ataque de spray pimienta” sino que sobre todo afecta la “salud” del planeta.
Sólo por poner un ejemplo, si todo el mundo consumiera como un estadounidense medio harían falta cinco planetas tierra para colmar nuestra voracidad, pero de planeta tierra sólo tenemos uno aunque se nos quede pequeño. Nos hemos acostumbrado a vivir sin tener en cuenta que habitamos en un mundo finito y el capitalismo se ha encargado muy bien de ello. Se asocia progreso a sociedad de consumo, pero tendríamos que preguntarnos progreso para qué y para quiénes y a costa de qué y de quiénes.
Los cantos de sirena de la modernidad nos dicen que consumir nos va a hacer más felices, pero tal felicidad nunca llega por más que compremos. “Ahoga tus penas con una buena compra” parece el slogan del capitalismo de hoy, pero nuestra insatisfacción nunca queda satisfecha. La felicidad no llega golpe a de talonario.
Nos dicen que compremos unas gafas Chanel, un osito Tous o unos pantalones Mango para sentirnos Claudia Schiffer, Jennifer López o Gerard Piqué. La época de vender un producto ha pasado a la historia. Ahora, como enseñan las buenas escuelas de marketing, nos venden al famoso de turno junto a la promesa de “salud, dinero y amor”. Y nosotros pagamos encantados el precio de nuestros sueños.
Nos venden lo anecdótico como imprescindible y lo banal como necesario y nos crean una serie de necesidades artificiales. Cambiar de ropa cada temporada, un móvil de última generación, una televisión de plasma, etc., etc., etc. Con el consiguiente monto de residuos tecnológicos, de vestir, electrónicos… que desaparecen tras nuestra puerta y que pasan a engrosar las pilas de deshechos en los países del Sur, contaminando aguas, tierra y amenazando la salud de sus comunidades.
O bien el sistema contra-ataca con su obsolescencia programada… planificando la fecha de caducidad de todo aquello que compramos para que al cabo de X tiempo se estropee y tengas que adquirir otro nuevo. ¿Para qué una bombilla que nunca se apaga, unas medias sin carreras o un ordenador que no funciona? Mal negocio. Aquí sólo gana quien vende.
A lo mejor ya va siendo hora de plantearnos que podemos “vivir mejor con menos”. Y ser conscientes de cómo nos quieren hacer cómplices de un sistema que nos han impuesto y que sólo beneficia a los mismos de siempre. Nos dicen que hay sociedad de consumo porque queremos consumir, pero -más allá de nuestra responsabilidad individual- nadie, que yo sepa, ha escogido esta sociedad donde nos ha tocado vivir, o al menos a mí no me han preguntado. Y es que desde que llevamos pañales hasta que se nos caen los dientes nos bombardean con el “comprar comprar comprar”. Ahora nos dicen que saldremos de esta crisis “consumiendo”. Yo me pregunto si “consumiendo” o “consumiéndonos”.
– Tienen un impacto ambiental mucho menor: su elaboración conlleva un uso mucho menor de energía y recursos naturales. Además, evitan el uso de empaquetado y la preocupación de su posterior tratamiento como residuo. Si llegan de cualquier forma a un medio acuático, pueden contaminar los ecosistemas.
– Son mucho más baratos que los productos comerciales: se basan en ingredientes sencillos y en sus propiedades naturales, como aceite, miel, limón o agua salada, y no requieren elevados presupuestos en publicidad y marketing.
Ocho eco-productos de belleza caseros: cómo prepararlos
Hay una gran variedad de productos de belleza ecológica que se pueden hacer de forma casera:
Estos productos de belleza ecológicos, saludables y baratos se pueden hacer en casa de forma sencilla
Mascarilla tonificante: se bate una clara de huevo y el zumo de medio limón colado durante tres minutos. Se aplica directamente en la cara -hay que evitar la zona de los ojos-, se deja actuar durante 30 minutos y se aclara con agua tibia.
Tratamiento para la piel: se mezclan dos cucharadas de mayonesa y una de aceite para niños y se aplica en la cara, el cuello, codos o rodillas durante 20 minutos. Se retira con agua tibia.
Exfoliante corporal: se añade una taza de sal marina y media de aceite para bebé en un bol y se pone en un frasco con tapa de rosca para dejarlo en reposo 24 horas. Se revuelve la mezcla y se aplica para limpiar la piel de impurezas y células muertas. Para ello, se masajea la piel durante unos minutos después de la ducha y se seca.
Tratamiento para el cabello: se extiende en el pelo una crema a partir de un aguacate y dos cucharadas de miel durante 20-30 minutos y se lava como de costumbre.
Crema hidratante para las manos: se mezcla un cuarto de taza de azúcar moreno y aceite de bebé. Se aplica el resultado como el movimiento de lavarse las manos durante un minuto, luego se enjuaga con agua tibia y se seca.
Mascarilla reafirmante: se pasa por la licuadora un melocotón maduro y una clara de huevo. Se extiende suavemente la mezcla sobre la cara y se deja actuar 30 minutos. Luego se enjuaga con agua fría.
Crema para el acné: se hierve un cazo con agua, se vierten en su interior tres cucharadas de harina de avena y se deja reposar cinco minutos. Mientras, se pasa por un túrmix una cebolla mediana para lograr un puré suave. Se añade a la harina de avena mientras está caliente. Si la máscara no tiene el suficiente grosor como para extenderse por la cara, se añade un poco de miel.
Para eliminar las marcas del acné, se puede utilizar una combinación de dos cucharadas de miel, cuatro cucharaditas de zumo de limón, tres de yogur natural o griego y una clara de huevo. Se bate todo en un bol para que espese y se aplica en la cara durante 15 minutos. Después se lava con agua tibia.
Ambos preparados antiacné se mantendrán frescos durante una semana en el refrigerador.
FUENTE | ABC Periódico Electrónico S.A. (05/10/2011) Autor: José Manuel Nieves
Durante cada segundo de cada día de nuestras vidas, los seres humanos estamos expuestos a virus allá donde nos encontremos y hagamos lo que hagamos: dando un paseo, en el coche, comiendo, bebiendo, trabajando, durmiendo…
A pesar de ello, nuestro conocimiento del universo de los virus se limita a una pequeñísima fracción de los que en realidad existen. Hay sobre la Tierra cerca de 1,8 millones de especies diferentes, y todas ellas albergan un número indeterminado de virus únicos y específicos de cada uno de esos organismos. A pesar de ello, solo unos 3.000 virus han sido identificados y clasificados hasta la fecha.
Para explorar por lo menos una parte de esta enorme diversidad desconocida y calcular el número de virus diferentes que puede haber «ahí fuera», los investigadores se fijaron en las firmas genéticas de los virus presentes en las AGUAS RESIDUALES de tres continentes. Y se encontraron, en primer lugar, con 234 virus conocidos, pertenecientes a 26 familias víricas bien diferenciadas. Lo cual, de paso, convierte a las AGUAS RESIDUALES en el «hogar» de la mayor diversidad de virus jamás encontrada hasta ahora.
«Hay teorías -explica Imperiale- que sostienen que podemos ser infectados por virus que no causen enfermedad alguna y que, al contrario, nos resulten beneficiosos». Hay ejemplos de esta clase de virus «benéficos» en el mundo animal. Por ejemplo un virus de herpes en ratones que los hace resistentes a las infecciones bacterianas.
Sin embargo, no todos los virus tienen, necesariamente, que ser malos para nosotros.
En vista del éxito obtenido, los investigadores planean ahora dar el siguiente paso analizando otros ambientes en los que los virus puedan prosperar a sus anchas, como lo hacen en las AGUAS RESIDUALES. Y eso, opina Michael Imperiale, traerá un gran número de nuevos descubrimientos:
En estos viajes se planifica todo al detalle, incluida la alimentación de los astronautas.
Estas incursiones, cada vez más largas, precisan un aprovisionamiento de las naves con gran cantidad de alimentos, de ahí la necesidad de desarrollar programas que contemplen su obtención, en este caso de origen vegetal, en el espacio.
Fuente: consumer (19 de agosto de 2010) Por MARTA CHAVARRÍAS
Una vez allí, las plantas se han congelado en una cámara a 80ºC bajo cero, a la espera de realizar el experimento de germinación. Este proceso se desarrollará en 12 días, durante los cuales se analizarán las plántulas a través de técnicas de alta precisión que cuantificarán sus proteínas. Los resultados se compararán con las proteínas de plantas germinadas en la Tierra. De esta manera, se conocerán los mecanismos moleculares de crecimiento de una planta en unas condiciones tan extremas como las del espacio, a la vez que se profundiza en el conocimiento de procesos de regulación del desarrollo vegetal. Una vez transcurridos los primeros 12 días de germinación, periodo clave de crecimiento que aportará la diferenciación de las proteínas sintetizadas en ausencia de gravedad, las plántulas se congelarán de nuevo hasta que uno de los transbordadores espaciales las traiga de vuelta a nuestro planeta.
Este experimento no es el único en marcha que pretende obtener alimentos en el espacio. Además de la necesidad de avituallamiento en los largos viajes espaciales, durante el transcurso de los mismos también se generan muchos residuos que suponen un problema de gestión y almacenamiento. La solución la plantearon en los años ochenta un grupo de científicos al lanzar la idea de la creación de un sistema autosuficiente capaz de generar alimentos y oxígeno mediante la reutilización de desechos.
Aunque los detalles técnicos pueden resultar muy complicados, la base teórica es tan sencilla como recrear de forma artificial el ecosistema de un lago: agua con organismos fotosintéticos que reciben CO2 y luz solar artificial mediante la producción de O2 y alimento. En la planta piloto situada en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), cuatro biorreactores simulan las diferentes etapas del proceso. Una quinta cámara donde crecen las plantas superiores (lechugas) que servirán de alimento completa los compartimentos que serán un único sistema comunicado cuando el ecosistema artificial funcione a pleno rendimiento. La tripulación, un grupo de ratas, simulan las necesidades de un ser humano.
Parece lógico ver crecer los tallos de las plantas «hacia arriba», mientras que sus raíces se desarrollan «hacia abajo». Este efecto, sin embargo, tiene que ver con la fuerza de la gravedad y una especie de sensores gravitacionales de la planta. A su vez, es uno de los muchos impedimentos que tendrán que salvarse para intentar cultivar plantas en el espacio exterior. La fuerza de la gravedad actúa como regulador de la dirección de crecimiento de raíces y tallos, algo necesario si se tiene en cuenta el papel de cada una de estas partes de la planta.
FUENTE | ABC Periódico Electrónico S.A. (28/04/2010) Autor: Daniel Iriarte
Pero, ¿será de verdad el Arca de Noé?. No es la primera vez que grupos de buscadores reclaman este gran descubrimiento. Hasta ahora, o bien han resultado ser falsificadores, o no han podido aportar ninguna prueba concreta del hallazgo. La verdad es que el hallazgo va a dar mucho de sí.
El Monte Ararat, tal y como es denominado en la Biblia -los turcos lo llaman «La Gran Montaña del Dolor»- es un macizo de más de 5.000 metros de altitud, muy cerca de la llamada «cuádruple frontera» entre Turquía, Irán, Armenia y el enclave de Najichevan, que es territorio de Azerbaiyán. La historia bíblica dice que, tras el Diluvio Universal, el Arca en la que Noé había conservado un macho y una hembra de cada especie animal, fue a posarse en la loma de esta montaña.
Ararat es por ello el símbolo nacional del pueblo armenio, que denomina a su propio país Hayastan, «la tierra de los hijos de Hayk», uno de los hijos de Noé. Sin embargo, tras el establecimiento de la frontera de Turquía con la Armenia soviética en 1921, el Ararat quedo en el lado turco. En los días claros, puede divisarse desde Ereván, y aparece en infinidad de postales y representaciones pictóricas. Pero el antagonismo entre Turquía y Armenia hace que sean muy pocos los armenios que han pisado su falda.
Dada la importancia del Arca de Noé como reliquia, no son pocas las expediciones arqueológicas -más o menos serias- que se han ocupado de su búsqueda. Pero las condiciones son muy difíciles: hasta hace poco se trataba de una zona militar reservada, en la que operaba la guerrilla kurda del PKK, que hace pocos años secuestro a un grupo de turistas extranjeros que escalaban el Ararat. A esto hay que añadir el frío extremo que agrieta las carreteras e impide los ascensos en la época de nieve, que se prolonga durante casi todo el año. «Aquí tenemos nueve meses de invierno», comentan los habitantes de la zona.
Esta nueva expedición asegura que las pruebas del carbono 14 indican que los restos tienen una antigüedad de 4.800 años, lo que ha despertado escepticismo entre la comunidad científica sino es que, también, bastante guasa: esta es la fecha aproximada en la que, según la Biblia -pero no según la mayoría de los geólogos- habría tenido lugar el Diluvio Universal, una idea defendida por algunos movimientos evangelistas que pretenden demostrar la literalidad de los textos bíblicos.
Otro de los elementos sospechosos es la presencia de evangelistas turcos en el grupo. Para los musulmanes de Turquía, el Arca de Noé no se posó en la cumbre del Monte Ararat, sino en el Cizre, mucho más al sur.
El nombre de la expedición arqueológica, el Ministerio Internacional del Arca de Noé -un grupo evangelista con sede en Hong Kong, también hace dudar de su imparcialidad científica. Por no hablar del buen estado de conservación en el que se encuentran los camarotes y pesebres. Todo parece indicar que el misterio seguirá sumergido en la montaña durante muchos años.
Lo que sí pueden confirmar es que la asquerosa isla del Atlántico contiene 200.000 piezas de desechos por kilómetro cuadrado. La mayoría son pequeños trozos de plástico de un centímetro de diámetro.
Según explica a la BBC Karen Lavanda, de la Sea Education Association, una organización sin ánimo de lucro que lucha por el cuidado de los océanos, el equipo encontró el gran cúmulo de desperdicios cuando navegaba en un buque de investigación.
Los científicos realizaron más de 6.100 arrastres desde el barco en las zonas del Caribe y el Atlántico Norte, frente a las costas de EE.UU. Más de la mitad de estas expediciones revelaron la existencia de piezas flotantes sobre la superficie del agua, la mayoría diminutos trozos de plástico de objetos cotidianos, como botellas de agua. Sin embargo, una zona concreta en el norte del océano llamó la atención de los naturalistas. Allí «los restos parecen concentrarse y se mantienen durante largos períodos de tiempo», asegura Lavanda. «La máxima densidad de plástico fue de 200.000 piezas de desechos por kilómetro cuadrado, comparable al Gran Parche de Basura del Pacífico», apunta. En este caso, los científicos creen que las piezas están más dispersas.
El problema ha adquirido un cariz nuevo desde que se ha descubierto que las grandes corrientes oceánicas, conocidas como giros, arrastran las basuras hasta acumular grandes extensiones de residuos, fundamentalmente plásticos. El primer hallazgo se detectó hace 12 años, cuando se descubrió una gran isla de plásticos en el Giro Central del Pacífico Norte. Se trata de una gran corriente oceánica que circula en el sentido de las agujas del reloj y que forma una espiral lenta entre la costa oeste de Norteamérica y las costas de Japón. Y la basura que entra en ese inmenso remolino queda atrapada.
Gran parte de estos residuos son pequeñas partículas de plástico que, como si fuera confeti, se mezcla con el zooplancton, de manera que los peces los ingieren junto con el plancton. El inconveniente es que muchos contaminantes que no se disuelven en el agua (como los PCB o el DDT) pueden ser absorbidos por los plásticos que, a su vez, son ingeridos por los peces y, a través de ellos, entrarían en la cadena alimentaria.
Un problema que crece
Esta isla de basura, también conocida como sopa de plástico no es visible desde aviones o satélites porque gran parte de los residuos se hallan bajo la superficie del mar, razón por la que las estimaciones de su tamaño varían; desde los 700.000 kilómetros cuadrados hasta los 15 millones de kilómetros cuadrados, dos veces el tamaño de los Estados Unidos. Varios datos dan cuenta de su impacto.
En 1999 un estudio realizado por la fundación Algalita, cuyo fundador descubrió la isla de basura, reveló que había más de 334.000 pedazos de plástico flotante por cada kilómetro cuadrado de océano y se registraron seis kilogramos de plástico por cada uno de plancton, el alimento básico de muchos de los organismos marinos. Se descubrió además que numerosos peces tenían plástico en sus estómagos: un ejemplar de Medregal había ingerido hasta 84 piezas de plástico en su estómago. Y una expedición realizada por un periodista hace apenas unos meses, financiada en parte por ciudadanos a través de Spot.us, descubrió que las muestras de agua transportaban dos veces más residuos plásticos que en 1999.
Las estimaciones sobre el tamaño de la isla de basura van de los 700.000 kilómetros cuadrados de superficie cie a los 15 millones de kilómetros cuadrados
Pero, ¿de dónde proceden los residuos? Se ha calculado que el 20% de lo que se halla en el mar proviene de los residuos desechados por barcos, y el resto de las costas. En el mundo se producen 100 millones de toneladas de plástico cada año y de ellas alrededor del 10% terminan en el mar. La producción de plástico se inició a gran escala en la década de los 50, así que todo el plástico acumulado en el medio ambiente se inició hace 50 años. Si se tiene en cuenta que este material puede durar cientos de años, se adivina las dimensiones que puede alcanzar el problema si no se pone freno.
En cuanto a las partículas de plástico tipo confeti, los tamaños varían: desde las de más de 5 milímetros de diámetro hasta las micropartículas. Su origen son piezas de plástico fragmentadas, pero también las micro partículas de polietileno que incorporan algunos jabones faciales y corporales con efecto exfoliante. Trabajos muy recientes, como el publicado el pasado mes de agosto en la revista Marine Pollution Bulletin y realizado por investigadores de Nueva Zelanda, alertan de ese riesgo creciente. Esas partículas que se incorporan a los productos cosméticos, que pueden ser del tamaño de menos de 100 micrones (o de menos de 0,1 mm de diámetro), no son retenidas por las plantas depuradoras y acaban en el océano con una gran probabilidad de ser ingeridas por los peces.
En el año 2004, un trabajo de la Universidad de Plymouth (Reino Unido) estudió las muestras de agua y de sedimentos de 18 regiones de la costa británica, así como el plancton y los organismos recogidos en Escocia e Islandia. Todas las muestras contenían fragmentos microscópicos de plásticos, incluyendo nylon, polietileno y poliéster. Las partículas más pequeñas que podían detectar eran de 20 micrones de diámetro (0,02 mm), por lo que era posible que hubiera partículas incluso más pequeñas que no se observaron.
Ahora bien, aún no se ha evaluado en profundidad hasta dónde alcanza el daño de esos plásticos en el ecosistema. «Los plásticos en sí no son tóxicos», decía uno de los investigadores de Plymouth. El problema es que se desconoce si pueden causar daño a largo plazo en los animales que los consumen. La inquietud se centra en si esos plásticos incorporan o están recubiertos de otros compuestos químicos tóxicos. Además hay otros riesgos conocidos: se tiene conciencia del peligro de inanición que corren los organismos si parte de su alimento se ve sustituido por un nada nutricional plástico. Del riesgo de asfixia si los plásticos bloquean las vías respiratorias, o del riesgo de malformación si los plásticos u otros materiales quedan encajados en el animal, que crece de manera deficiente con el elemento ajeno incorporado.
En busca de un remedio
Hay suficientes pruebas para creer que la isla de plástico en el Giro Central del Pacífico Norte no es la única. Simplemente, es la única que hasta ahora se ha podido ver de cerca y tocar. Pero el número podría aumentar ya que hay hasta diez grandes giros en los océanos del planeta (el más cercano a España es el giro subtropical del Atlántico norte) y de ellos se considera que los que toquen las costas de países desarrollados son los que contendrían más residuos en circulación. De manera que parte de la solución pasaría por detectar esas acumulaciones de plástico en los océanos y sus efectos sobre el ecosistema. Es lo que hacen proyectos como Seaplex, que lidera la Institución Scripps de Oceanografía (EE.UU).
Otros proyectos también buscan soluciones de recogida y limpieza. La Fundación Algalita ha conseguido recoger en sus expediciones parte del plástico, incluso de partículas finas, con mallas de red, con la idea de analizarlo. Pero es muy poco relevante frente a los miles de kilómetros de plástico extendidos en el océano, así que se necesitan iniciativas con mayor capacidad. La Unión Europea, consciente del reto, promueve la investigación para abordar soluciones. Y el Proyecto Kaisei, iniciado en marzo de 2009, estudia la viabilidad comercial de recoger y transformar el plástico del mar en combustible, para lo que zarparon en una expedición experimental los barcos Kaisei y New Horizon.
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